Seguramente con este encierro, con esta cuarentena estemos salvando vidas, pero ¿a qué precio? Al precio de que muchas personas mueran en los hospitales solos, total y absolutamente solos en los últimos días de su vida. Sin tener la cercanía de las personas que más quieren y necesitan, sin tener sus gestos de ternura, ni sus caricias. Sin poder tener sus manos entre las suyas. De estar solo acompañados por el miedo, el pánico que, de forma metódica e insistente, nos han inculcado en lo mas profundo de cada ciudadano.

                Al precio de que esas personas que querían y necesitaban “al muerto solitario”, no tenga ningún consuelo. Ni el haber compartido todo el proceso y haberse sentido útiles hacia él, ni el consuelo de poder hacer un duelo sano, ya que no pueden despedirse rodeados de su gente.

                Son muertos escondidos detrás de una cifra, se convierten solo en un número, en una estadística.

                Al precio de que una mujer vea morir a su marido, con el que llevaba una vida juntos, en una habitación de hospital que compartían y que días después, cuando le dan el alta, tenga que llegar sola a su casa vacía… (eso sí le han llenado la nevera con comida…) porque su familia no se atreve a visitarla por el “miedo al contagio”. Y allí está sola, sola con su soledad y su dolor. Todos estamos “quedándonos en casa…”.

                Al precio del “distanciamiento social” que convierte al otro en el enemigo. Nos marcan a fuego el miedo al virus, pero éste no puede hacer nada sino tiene un “porteador” que lo transmita y así el miedo al virus, se traslada al miedo a cualquier persona que pueda “matarme”. No más cercanía, no más abrazos, ni mucho menos besos… Hay que vivir en burbujas que nos protejan, que nos aíslen, que nos deshumanizan…

                Al precio de que todas las personas con problemas psicológicos vean agravarse éstos de forma desmedida, por una sobreexposición al miedo. En esta sociedad donde la avalancha de información, a menudo no confirmada, hace que el número de personas con hipocondría se haya disparado y estas personas también se pueden considerar de riesgo…. Corren el riesgo muy real de aumentar sus niveles de ansiedad y angustia y por lo tanto de que sus defensas disminuyan y sean más vulnerables a cualquier tipo de infección. De que somaticen todos los síntomas y los vivan como reales.

                ¿Y las personas que padecen un TOC? Sus obsesiones, compulsiones y miedos se están volviendo en la mayoría de los casos incontrolables y lo que es peor. avalados por la “información” continua y también obsesivas de todos los medios de comunicación. ¿Y las personas con depresión?, ¿nos podemos imaginar hasta dónde estamos elevando su dolor…? Al precio de cuántos suicidios que no salen en las cifras…

                Al precio de cuántas personas que verán sus síntomas y sus procesos médicos agravados por que les han suspendido consultas, pruebas y tratamientos. De personas con diabetes que no pueden salir a hacer sus paseos diarios…

                Al precio de la soledad en que estamos dejando a los mayores en las residencias… eso sí…” por su bien”. Aislados en sus habitaciones sin apenas más contacto con la realidad que la que les llega desde la televisión. Preocupados por su familia, preocupados porque “ha venido el ejército a la residencia…”. ¿Qué deterioro físico y sobre todo mental habrá cuando esto termine? ¿Cuánto habrán avanzado las demencias de todo tipo por falta de estimulación, por la angustia que perciben y por el propio aislamiento…?

                Pero parece que estos precios y muchos otros que no están reflejados aquí no se contabilizan, no los vamos a poner en cifras.

Los podemos considerar efectos colaterales o mejor…. “víctimas de fuego… ¿amigo?”.

Mayte Carrascal

Psicóloga colegiada CYL Nº:4488

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